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Economía Solidaria sin Solidaridad

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Economía Solidaria sin Solidaridad

  1. Introducción –observaciones preliminares sobre los fundamentos éticos de la economía solidaria y de la solidaridad.

Parto de unas de las primeras palabras del análisis de la realidad que nos han dado Eduardo Letelier y Raúl González en la convocatoria del encuentro de la Red Universitaria de Economía Social y Solidaria (RUESS) de Chile realizado 10 y 11 junio de 2021:

La reducción del orden de lo económico al ámbito del intercambio mercantil protagonizado por empresas de capital, donde corresponde al Estado una actividad reguladora, redistributiva o subsidiaria, corresponde al sentido común de nuestro tiempo. Por lo mismo, es probable que sea la base en torno a la cual se organice el debate sobre el nuevo orden económico constitucional para Chile.

Este sentido común es tributario no sólo de los fundamentos de la teoría neoclásica, corriente principal que está en la base de la formación económica impartida en nuestras universidades. También está presente en las perspectivas marxistas y socialdemócratas, contribuyendo a conformar la tensión entre mercado y Estado como estructurador del campo de la política económica desde la Gran Depresión de 1929.

Se subentiende que la deliberación nacional chilena, ahora (julio de 2022) un año después, entrando en su recta final, en torno a una nueva constitución basada en un discurso estructurado por el binomio mercado-Estado, no va a resolver los problemas graves de los chilenos, ni los del mundo. Se supone también que además de la ESS hoy brotan otras cosmovisiones posibles, otros candidatos para sustituir el liberalismo tan desastrosamente dominante. Unos, como Ubuntu y Buen Vivir, tienen hondas raíces en el pasado: otras como la ética de cuidado tienen raíces en el feminismo y otras espigas actuales.

Las investigaciones científicas más atendibles de la actual crisis civilizatoria (p.ej. Wielecki 2020) conectan sus causas principales, las que Keynes llamaba sus causas causans (Keynes 1937, 221), con los espacios conceptuales cuyos ejes rectores son mercado y Estado. Vale decir se las encuentran en el binomio mercado-Estado que hoy domina el sentido común. Al interior del sentido común dominante, enraizado en las estructuras sociales dominantes de hoy, es cada día más palmaria que no se encuentran soluciones reales. Por eso el rumbo actual de la historia se encamina hacia desastres aún peores que las actuales; la extinción de la vida humana ha llegado a ser no solamente una posibilidad, sino una probabilidad predecible por la proyección de las tendencias físicas observadas (Lindner 202o). Aliada con otras tendencias positivas, la economía social solidaria (ESS) promete cambiar el rumbo de la historia.

Cumplen papeles importantes en los discursos alternativas de hoy el binomio “economía solidaria” y su fundamento conceptual la voz “solidaridad.” Aquel binomio rebasa las alternativas pensables al interior del binomio mercado-Estado. Amplía los horizontes del pensar, del sentir y del actuar. Su poder transformador, se puede decir en cuatro primeras aproximaciones (1) radica en emociones que facilitan la cohesión y la colaboración. Son cableadas en el ADN desde hace cientos de miles de años. (Bowles y Gintis 2011, Maturana 1994, Varela 2003) Sin ellas seguramente nuestros ancestros habrían perecido milenios atrás y nosotros nunca habríamos nacido. (2) Radica en su superior racionalidad, puesto admite más opciones al tapete de la discusión, y por lo tanto sube la probabilidad que las soluciones van a ser óptimas, o satisfactorias (en inglés satisficing). (3) Radica en su superioridad ética. Se plantea cada vez más que su racionalidad superior debe servir no solamente a algunos sino a todos los interesados (alemán Interesse, inglés stakeholders). (4) Además, sus bases típicamente feministas y ecologistas se prestan a la construcción de culturas adaptativas a la realidad física.

Para construir un mundo mejor, la ética de la economía social solidaria no tiene por qué ceñirse en las mitologías de los hombres quienes ganaban las guerras civiles en Europa en los siglos XVII y XVIII) como los son el mito de la razón pura santificando imperativos categóricos que a su vez santifican el mercado (Sayer 2011, fijarse en sus referencias críticas a Kant); y el mito del contrato social santificando una rígida e irresponsable propiedad privada, (Foucault 1997, Douzinas 2000, MacPherson 1962, Piketty 2019), ni en el mito de la verdad autoevidente de toda norma social que los autores de la Ilustración europea del siglo XVIII consideraba natural (p.ej. Rousseau 2011). (4) Ni hay que basarse en el cuento igualmente mítico de los austriacos neoliberales que deriva el marco normativo de su versión de lo que debe ser un mercado de una imaginada experiencia práctica milenaria atribuida a la gente común (Menger 2020; von Hayek 1990.)

Para construir bases éticas transformativas y universales, veremos que merece atención la filosofía laica de John Dewey, aunque las fuentes históricas de las normas de la ESS que hoy funcionan en el mundo provienen principalmente de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) de la iglesia católica. (Richards 2017) al correr de los siglos (Menger 2020, van).

La voz “solidaridad” entendido como remedio del dominante binomio mercado-Estado, matiza la llamada por una nueva constitución del muy difundido libro chileno actual La Constitución que Queremos, compilado por el experto en derecho constitucional y miembro de la Asamblea Constituyente Jaime Bassa. (Bassa et al 2020) ¿Por qué? Porque el leitmotiv de los valiosos aportes de los diecisiete distinguidos autores del libro referido es que la legitimidad es producto de la voluntad de la ciudadanía. Pero si la voluntad de la ciudadanía es formada por el sentido común de una cultura disfuncional, como lo es un sentido común estructurado por la tensión entre mercado y Estado, entonces un orden jurídico puede ser legítimo por ser autorizado por la voluntad común, sin ser todavía funcional. “Solidaridad” ha tenido una historia de significar no solamente acuerdos formales, sino también la cooperación eficaz para conseguir alimentos, trabajo, dignidad, libertad, vivienda, salud y otros bienes. Una vez lograda la legitimidad, o en la medida en que se la logre, quedaría una serie de desafíos para mejor satisfacer las necesidades humanas en armonía con la naturaleza. “Apruebo” es un comienzo.

Pero no hay que insistir en ninguna palabra determinada, ni “solidaridad” ni ninguna otra. En este mundo hay contextos determinados en los cuales nadie quiere escuchar la voz “solidaridad” porque trae a la memoria historias de intolerables abusos. Ninguna palabra es pura. (Barthes 2011) Aunque en este ensayo figura a menudo aquella voz, se subentiende que la lectora o el lector sabrá ajustar su vocabulario a las exigencias de contextos determinados.

Siguiendo estos primeros párrafos de introducción, me dedico segundo a elaborar brevemente porque, ni el mercado ni el Estado, ni una combinación de los dos, es capaz de aportar soluciones a los problemas sociales y ambientales principales. Tercero a examinar la idoneidad de la solidaridad como uno de los conceptos útiles para remediar las deficiencias del mercado y del Estado. Cuarto, derivo de la historia del concepto de solidaridad una cosmovisión ética capaz de ordenar la práctica, apoyando la historia teológica de la voz “solidaridad” con aliadas laicas. Así doy la bienvenida al movimiento a quienes no sean católicos, ni creyentes en otra fe, ni practicantes de ninguna forma de espiritualidad. Cinco lamentaré el abuso de la idea de economía solidaria. Lamentaré la economía solidaria sin solidaridad, y sugeriré unos remedios a tales abusos.



  1. Ilusiones del Sentido Común

Ilusiones en cuanto a los mercados:

El mismo Keynes observa que históricamente, empleo para todos o aproximadamente todos ha sido raro y pasajero (sin siquiera mencionar los sueldos indignos, y sin siquiera mencionar la droga y otros abultados sectores ilegales los cuales son partes integrales y grandes de toda economía de mercado real) (Keynes 1936, pp. 249-50). Sugiero que en un mundo en el cual la fuerza de trabajo es una mercancía como cualquier otra (ver Ricardo 1817, capítulo 4) lo que Marx llamaba “el ejército de reserva de los cesantes” no es solamente un hecho constatado sino también una necesidad lógica.

Una vez se me encendió la ampolleta, como quien dice, por un incidente que se me pasó cuando ejercía la abogacía con el siguiente caso:

Estuve atendiendo a un cliente reorganizando su negocio bajo el capítulo 11 de la ley de quiebras de EE. UU. (lo que se llama en Chile la ley de reemprendimiento). De repente, mi cliente me dijo, “Howard, yo sé que estoy patas arriba, pero si tu logras sacarme de este lío, te lo prometo, te lo juro, que de allí en adelante nunca voy a estar patas arriba otra vez. ¡Siempre me voy a quedar en el camino recto de la contabilidad sana!”

Su juramento me hizo pensar. Lo que quiso decir con la frase “patas arriba” fue que sus cuentas pagables excedían sus cuentas cobrables. Cuando la contabilidad es “sana” los cobrables exceden los pagables. Pero el pagable del uno es el cobrable del otro. La venta de la una es la compra de la otra. Por eso, en un mercado puro tiene que haber perdedores. Si todo el mundo promete lo que me prometió mi cliente, no es posible que todos cumplen sus promesas. Si alguien termina con números azules porque vende más que compra, alguien tiene que terminar endeudado (o, como destaca Randall Wray, es posible que el sector privado entero sea rentable bajo la condición que el sector público se endeuda. (Wray 2012)) En múltiples obras Hyman Minsky ha mostrado que, a pesar de la infinita inteligencia desplegada para evitar estas sencillas conclusiones, las sociedades cuya lógica fundamental es mercantil se quedan siempre sociedades inestables. (Minsky 2008). Generan a la vez riquezas exageradas, perdedores quienes no comparten la prosperidad de los ganadores, e inestabilidad. David Graeber ha mostrado que ya desde siglos anteriores al capitalismo, la lógica de las relaciones mercantiles ha producido divisiones sociales que han obligado la cancelación periódica de las deudas, no solamente entre los hebreos (como cuenta la Biblia en Deuteronomio 15; Lucas 11:4, y otros versículos); sino también entre otros pueblos desde la antigüedad hasta hoy. (Graeber 2011)

Las expectativas comunes típicas de una u otra versión del sentido común que la pobreza va a terminar en forma estable cuando todos los países son desarrollados, o cuando todos tengan títulos universitarios profesionales, cuando nadie es flojo, cuando los gobiernos y los ricos dejen de ser corruptos, cuando cada país es competitivo en los mercados globales, cuando todo pobre aprende marketing y se establece como emprendedora o emprendedor con un mini crédito de un banco tipo Grameen, cuando no existen liderazgos incapaces, cuando los buenos echen a los malos del gobierno, cuando cada país sea un destino atractivo y de bajo riesgo político para los inversionistas internacionales, o cuando la cuarta revolución industrial llegue a incluir en la prosperidad general todos quienes no lograron incorporarse en la prosperidad que fue producto de la primera, segunda, y tercera revoluciones industriales. Etc. son ilusiones.

Ilusiones en cuanto a los Estados:

Aunque el sentido común hoy en día no peque más por la ilusión de que la planificación central tipo soviético sea viable, sigue exagerando el poder del Estado. Otro paso general para ver la necesidad de una transformación solidaria estructural y moral, puesto que estamos frente a una crisis civilizatoria y no simplemente frente a una serie de políticas fallidas, es ver que hoy los Estados poco pueden hacer para corregir las fallas de los mercados. Claro, algo hacen, y claro los mercados también algo hacen. Mi tesis es que no pueden solucionar los problemas. Por razones que me parecen obvias, pero que no tengo espacio para explicar aquí, lo positivo que logren no es sostenible; si lo queremos o no, el mundo va a cambiar; va a ser mejor o peor pero no puede ser igual.

¿Por qué son ilusiones las expectativas que los Estados pueden solucionar los problemas sociales y ambientales? Porque hoy la soberanía de las naciones, sean o no democráticos, se encuentra lisiada por globalización, por la competencia fiscal con cada país bajando impuestos para atraer al capital y para evitar la fuga del capital, por las deudas públicas a todos luces impagables, por la corrupción que en algunos casos aniquila al Estado de derecho, por sistemas educativos que a menudo te dan una licencia secundaria y a veces hasta un título profesional sin enseñarte una ética de responsabilidad social, por el avance imparable de la cultura narco junto con el crimen organizado, por la evasión de los impuestos por las grandes empresas transnacionales, por los paraísos fiscales con cuentas bajo nombres secretos tales como nadie sabe ni cuanto es su valor ni quien es su dueña, por los monopolios de propiedad intelectual esencial (como las fórmulas de las vacunas) concentrados en manos pocas y extranjeras bajo el amparo de tratados internacionales, por las condiciones atadas a los préstamos del FMI y otros grandes prestadores, por la violencia tanto de parte de ciertas fuerzas militares y servicios secretos formales como de parte de sicarios, delincuentes y terroristas extremistas privados (Kruglanski 2014), y por lo que Jeffrey Winters llama la revolución de la ubicación (la capacidad de la riqueza para elegir qué leyes obedecerá eligiendo dónde ubicarse) (Winters 1996). Todos estos factores y más frustran regularmente a las personas con buenas intenciones del sector público y las personas con buenas intenciones del sector privado.

  1. La idoneidad de la solidaridad como uno de los conceptos útiles para remediar las deficiencias del mercado y del Estado.

La economía solidaria parte del hecho que no es ajeno a la naturaleza humana el preocuparse por el bien de otros. Puede ser cierto que el ser humano es por naturaleza egoísta, pero no es solamente egoísta. A través de los siglos las culturas humanas han utilizado las distintas formas de amor humano de muchas maneras. Con rituales, cuentos, música, educación y espiritualidad ha hecho más fuertes las tendencias a ayuda mutua. La cultura ha sido a menudo adaptativa. Hoy, como siempre, la cultura, y con ella la educación de la juventud, puede ser más adaptiva (más funcional) o menos adaptiva. (Richards 2022)

En los años después del golpe chileno de 11 de septiembre de 1973, en las poblaciones periféricas de Santiago, otrora baluartes de la unidad popular, el sistema de mercado normal no funcionaba porque la gente no tenía dinero aparte de pequeñas sumas provenientes principalmente de ayuda extranjera y filantropía interna (un dato poco conocido es que hubo empresarios movidos por consciencia y fe quienes pasaron dinero en forma clandestina a la resistencia en los barrios pobres (Wignant 2018)) El Estado y la mayor parte de las fuentes de empleo estaban en manos hostiles, dispuesto a castigar a los pobladores (Lagos y Ruffat 1975). La cultura chilena tenía una larga tradición de ayuda mutua debido en parte a la necesidad generada después de los continuos terremotos. En ese tiempo ya existía un vocabulario que se prestó a lo que iba a terminar siendo llamado economía solidaria, nombrado por Luis Razetto “Factor C” y que estaba compuesto de palabras como compañerismo, comunicación, cariño, comunidad, cooperación, compromiso, cuidado, comunión, convivencia, coordinación, colaboración, y otros.

Se puede decir que los pobladores no tuvieron la opción de continuar solamente practicando el sentido común de la cosmovisión dominante. Si no funciona el mercado, si no funciona el estado, si pelear entre sí por los pocos recursos que hay destruye más que construye; entonces para conseguir la cohesión necesaria para sobrevivir, hay que desarrollar los otros recursos culturales que hay. No es sorprendente que la iglesia católica, que fue su principal fuente de socorro, y además el paraguas principal que protegió otras fuentes de socorro, difundió el discurso que había llegado a ser su doctrina social. Esto fue el discurso de comunidades de solidaridad. Funcionaban también costumbres de ayuda mutua traídas del campo en las distintas épocas cuando los campesinos migraron a la gran ciudad. (Gómez 2018). Existía ya un vocabulario que se prestó a lo que iba a terminar siendo llamado economía solidaria, nombrado por Luis Razetto “Factor C.” (Razeto 2007, pp. 19-30)

No es sorprendente que los pobladores oprimidos, viviendo en barrios que habían sido baluartes de la Unidad Popular aprovecharon de las alternativas más a mano. Lo que sigue funcionando, y lo que ha funcionado en el pasado y puede ser rescatada, tiene más probabilidad de funcionar hoy que inventos nuevos que nunca han probado su valor por su eficacia en el presente y pasado. El cuerpo humano mismo está organizado físicamente para apoyar las formas culturales que a través de los siglos y milenios han sido adaptativas. (Tanner 1985).

A la vez, la economía solidaria, especialmente en la forma economía social solidaria, ha sido destacado por su pluralismo. Ha asumido la historia de las tradiciones más fraternales que ha acompañado el capitalismo duro durante toda su historia y en todas partes. Asimismo ha asumido la capacidad creativa humana para inventar nuevas formas de convivencia jamás antes visto.

Así entendido, la frase “economía solidaria” no se refiere solamente a una determinada práctica, como lo es la cooperativa autogestionada, sino a la gama de prácticas existentes, recuperables, o en algunos casos inventables, que son o pueden ser útiles a fin de cooperar entre todas y todos por el bien común. Por ser más lo que padre Hurtado llamaba una actitud social (Hurtado 1947) que un zapato chino tiene idoneidad transformadora.

La idoneidad transformadora especifica de la palabra “solidaridad” es además fruto de connotaciones provenientes de su etimología. Si uno traza los senderos históricos por los cuales la voz solidaridad y el binomio economía solidaria llegaron a incorporarse a los vocabularios que manejamos hoy, uno encuentra que un factor constante ha sido la construcción social de la unidad. Por la solidaridad una persona no está sola. La solidaridad promete seguridad. Exige lealtad. (No alcanzo a comentar la voz “social” que se suma para establecer el trinomio economía social solidaria. Ver Coraggio 2008)

Al tratar de la solidaridad, se trata de la unidad en el sentido que Gandhi hablaba de la unidad de corazones. Al contrario, en otro sentido, en un sentido mercantil, hoy los seres humanos tenemos más unidad que nunca sin ser por eso más solidarios que nunca.. Somos casi ocho mil millones de personas en un solo planeta viviendo principalmente por el intercambio monetario en una sola economía global. Casi todos los productos, hasta uno tan sencillo como lo es una bicicleta, se compone de partes fabricadas en múltiples países por trabajadores quienes cooperan en la producción de la eventual bicicleta sin conocerse los unos a los otros, ni menos preocuparse por el bienestar de todos.

La doctrina neoliberal de la eficiencia respaldado por la fuerza militar ha creado un mundo de especialización económica extrema, en donde frente a un desafío físico como lo es el pandémico actual, los territorios locales suelen, por ejemplo, encontrarse “unidos” con China en el sentido que el 98% de sus antibióticos provienen de China. Por colmo de males, las fórmulas de las vacunas son propiedad intelectual de unas pocas empresas con fines de lucro. Somos afectados por ser partes chicas de redes productivas grandes y complejas. Somos dependientes y desamparados. Pero somos poco unidos en un sentido solidario. Estamos desunidos a escala mundial como en 1776 Adam Smith fue desunido de su panadero. Cuenta Smith que solamente consigue pan cuando darle pan conviene a su panadero. La humanidad del panadero y la necesidad de quien tiene hambre no tienen nada que ver. En un mundo solidario seria al revés. La humanidad (la moral y la ética) de las personas y por eso la atención a las necesidades de las personas serian operantes y eficaces.

Además, el discurso de la solidaridad, junto con otras voces transformadoras, redescribe prácticas comunes actuales “resignificándolas.” (Coraggio 2004) Se dan, por ejemplo, prácticas que suelen ser identificados en los medios y en las estadísticas oficiales como “comercio minorista” o “ambulante” o “informal” que se ven como otra cosa cuando se los dan distintos nombres (Heidegger 1968 (1926), p.149). Pueden seguir siendo las mismas prácticas con las mismas personas realizando las mismas actividades, pero cuando son resignificados como “economía familiar” o “popular “o “solidaria” se ven distintos sus papeles en el drama de la vida. Las palabras resignificadas pavimentan caminos a éticas solidarias. Son caminos éticos cuyos destinos son, entre otros, la alimentación, la salud, y la dignidad de las personas.

De esta manera la decisión de adoptar un vocabulario, o una palabra, puede ser una decisión de cambiar el mundo. (Rorty 1979, pp. 357-393)

  1. Breve historia de la palabra y concepto de la solidaridad y de la economía solidaria

(para mayores detalles ver Laville 2013, Blunden 2016. Guerra 2018)

Los poderes transformadores de los conceptos de solidaridad y economía solidaria son productos de sus significados y connotaciones adquiridos durante su historia además de los que siguen adquiriendo hoy.

Llevo dicho que el binomio “economía solidaria” nació en Chile en los barrios populares de Santiago en los tiempos de la dictadura de Pinochet. La doctrina social de la iglesia católica (DSI) fue la fuente inmediata del concepto de “solidaridad” incorporado a aquel binomio. Pero mucho antes de llegar a ser una viga maestra de la doctrina social de la iglesia católica (DSI) durante el papado de Pablo VI (1963-78), profundizando iniciativas de Juan XXIII (1958-1963) (Guerra 2018), la palabra había tenido una historia previa en el socialismo y en el solidarisme francés. (Laville 2013). Solidarité fue una consigna de las luchas populares en Francia a mediados del siglo XIX. El congreso fundador del primer internacional socialista en Londres en 1864 fue una reunión de artesanos que contaba con el periodista inmigrante de Alemania Carlos Marx entre sus asistentes. Aquel congreso llevó la palabra francesa al inglés (solidarity) y posteriormente al español y a los demás idiomas europeos. (Blunden 2012, locaciones 484 y 498) Significaba en el temprano socialismo principalmente: (1) la unión hace la fuerza; los trabajadores solos y atomizados no pudieron conseguir mejores sueldos y condiciones de trabajo, pero unidos sí pudieron y (2) la virtud de compartir bienes practicando la ayuda mutua, especialmente la práctica de enviar apoyo solidario internacional a trabajadores en apuros en otros países.

Bien antes de los principios de los años 80 del siglo XX cuando el binomio “economía solidaria” empezaba a circular en medios populares en la periferia de Santiago, y cuando las primeras publicaciones dedicado al tema por Luis Razeto (ej. Razeto 1985, 1987) comenzaban a aparecer, “solidaridad” había llegado a identificar la opción de la iglesia durante y después del gobierno de la Unidad Popular (1970-1973). Ya la Vicaría de la Solidaridad (fundada en 1976) fue el paraguas de la resistencia, amparando múltiples formas de la defensa de los DDHH. Una de sus formas fue la producción de arpillerasen las cárceles, que inició prácticas de artesanía colectiva, posteriormente bautizadas con el nombre de “economía solidaria.” Ya a fines de los años setenta se había repartido en todo Chile un afiche con la consigna, “Ante la emergencia, la solidaridad. ¨

Hubo una bisagra que intervino entre el gradual ascenso del concepto de “solidaridad “en Roma después de la segunda guerra mundial — identificando un vocablo nacido en medios obreros y socialistas con lo que siempre había sido la doctrina cristiana y con lo que a menudo había sido la práctica de ella (ver Hechos 20: 33-35)—y la rápida difusión de la voz “solidaridad” en Chile en aquel momento histórico que fue el comienzo de la dictadura de Pinochet. La bisagra fue la serie de meditaciones cuestionando y redefiniendo el papel de la fe en la política realizada al interior de la iglesia durante los tres años de la Unidad Popular. Creo que su mejor ejemplar es el documento de trabajo Evangelio, Política y Socialismos, circulado por la conferencia episcopal de los obispos chilenos en 1971. Me refiero a continuación a algunos de sus párrafos decisivos.

En el susodicho documento de trabajo, los obispos escribieron que la iglesia chilena quiere ahora (1971) centrar sus fuerzas en la acción evangelizadora, educando a hombres liberados y comunidades solidarias que serán portadores preclaros de sus valores. (Nota 10, énfasis en el original). Dios mismo conduce la sociedad a grados mayores de solidaridad. (N. 23) No se justifica “egoísmo en la propiedad privada de los medios de producción.” (N. 24)

Escribieron del “Chile solidario con que soñamos” y de “auténtica solidaridad” (N. 70, N. 85). Llamaron a los fieles a impregnar de una verdadera solidaridad fraternal las futuras estructuras sociales. (N. 81) Advirtieron, sin embargo, que el progreso, la justicia, y también la solidaridad sin amor son deshumanizantes y despersonalizantes. Señalaron peligros de “solidaridad fría” inherentes en los capitalismos sin amor, en los socialismos sin amor, y también en la solidaridad sin amor; y por ende inherentes en la modernidad en general por su orientación materialista. (N. 80) Así armaron lo que Claude Levi-Strauss llamaría un contraste bipolar cálida/fría destinado en la década siguiente, los ochenta, a ser un tema clave de la estructura cultural de la economía solidaria. (Levi-Strauss 1961)

En su documento de trabajo de los obispos chilenos de 1971 su cosmovisión es definida por su manera de entender la libertad y la solidaridad. Su cosmovisión es una estructura simbólica tradicional típica de aquellas sociedades que Emile Durkheim llamaba arcaicas y cuya estructura social básica dura y operativa giraba en torno al parentesco, como la nuestra gira en torno al dinero y el empleo. (Durkheim 1912) En el discurso de los obispos lo que se contrapone al “materialismo” de la modernidad no es “idealismo”. Es “familia”. (N. 79)

Libertad. “Es el hijo –y no el emancipado— la verdadera antítesis del esclavo.” (N.77) Con la voz “hijo” los obispos delatan que escriben desde el interior de una cosmovisión anterior a las sociedades cuyas instituciones básicas eran mercantiles. El emancipado, nos dice la ley civil que define las repúblicas modernas, puede ser dueño de propiedad, y puede ser parte de contratos; en fin, es elegible para participar en transacciones mercantiles. Con la palabra “ hijo”, se refiere con cuatro letras a las formas de convivencia dominantes de los humanos durante 99 % de su residencia en esta tierra.. (Re “cosmovisión” ver Lindner 2022, Eliade 1968)

Solidaridad. El Chile solidario debe ser el hogar de todos. La gran familia que somos trabajamos en la construcción de la casa común. Nadie puede acaparar para sí los bienes. Nadie puede ser marginado. Cada quien como hija o hijo de Dios tiene derecho de sentirse en casa. (N. 78)

El día 3 de abril de 1987 la economía solidaria dejó de ser un fenómeno solamente chileno. Fue lanzado al mundo y especialmente a América Latina en su discurso ante el CEPAL por el papa Juan Pablo II en calidad de cosmovisión y estructura cultural básica que debe sustituir y superar los principios jurídicos liberales y neoliberales que en aquel entonces (y todavía hoy) regían, no solamente la mayoría de las economías locales y nacionales sino también –lo que es más importante—la economía global.

Cito un párrafo típico de aquel discurso ante la CEPAL:

“Pero Estado y empresa privada están constituidos finalmente por personas. Quiero subrayar esta dimensión ética y personalista de los agentes económicos. Mi llamado, pues, toma la forma de un imperativo moral: ¡Sed solidarios por encima de todo! Cualquiera que sea vuestra función en el tejido de la vida económico-social, ¡construid en la región una economía de la solidaridad! Con estas palabras propongo a vuestra consideración lo que en mi último Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz llamé “un nuevo tipo de relación: la solidaridad social de todos” {Agrego el subrayado.}. A este propósito, deseo repetir hoy aquí la convicción expresada en el reciente documento de la Comisión Pontificia “Iustitia et Pax” sobre la deuda externa: “Una cooperación que supere los egoísmos colectivos y los intereses particulares, puede permitir una gestión eficaz de la crisis del endeudamiento y, más en general, señalar un progreso en el camino de la justicia económica internacional”

Hasta aquí la historia. Regreso a la idoneidad. Reconocer la idoneidad de la solidaridad como uno de los conceptos útiles para remediar las deficiencias de los mercados y de los Estados no consiste solamente en ser fiel al significado que la historia ha dado a la palabra. Consiste también en juzgar que, sea lo que sea su fuente histórica, es de hecho entre los discursos capaces de facilitar, organizar y orientar en la práctica la superación de las deficiencias de los mercados y de los Estados. Como hemos visto arriba, el sentido común de hoy no se da cuenta de la fundamental imposibilidad de resolver los graves problemas sociales y ecológicos al interior de los modelos mentales y estructuras culturales-ético-sociales-jurídicos dominantes. (Al combinar cuatro palabras con guiones para formar un adjetivo compuesto, sugiero que a nivel ontológico se trata a menudo de los mismos poderes causales aun cuando los vocabularios comunes y los campos académicos los distinguen.) (Bhaskar 1979, Richards 2018)

Las deliberaciones políticas hoy suelen reducirse a conflictos retóricos entre quienes exageran la eficacia de los mercados y quienes exageran la eficacia de los Estados. Falta la ética –la palabra que puse primero en mi adjetivo compuesto de cuatro palabras. Falta no cualquier ética, sino una coalición de aquellas éticas, provenientes de distintas tradiciones espirituales e intelectuales, las cuales motiven a las personas –sea lo que sea su sector social– a colaborar las unas con las otras por el bien de todos, por el bien común, y para revertir la actual marcha hacia el suicidio colectivo que está destruyendo los delicados equilibrios de la biosfera que hacen físicamente posible la vida.

Entre los autores laicos del pasado quienes han defendido criterios éticos semejantes a la DSI de la iglesia católica, y similares éticas solidarias predicadas por otras religiones, se puede destacar John Dewey. Dewey llega al criterio de Juan Pablo II “la solidaridad social de todos” por caminos científicos y políticos.

Independiente de la fe revelada, y con raíces en la biología darwiniana (Dewey 1910), la ética de John Dewey hace causa común con la DSI contra el liberalismo capitalista, y contra el anti liberalismo totalitario, valorando postulados revelados y valorando textos que son para los creyentes sagrados, sin hacer de la fe un prerrequisito para tomar una decisión racional de comprometerse con una ética de solidaridad.

Consideremos el contexto histórico de Dewey. En sus días, al fin del siglo XIX y a comienzos del XX, las grandes urbes de los EE. UU. se rebasaron de inmigrantes de todo el mundo, simbolizado por nave tras nave de gente pasando la estatua de la libertad llegando al puerto de Nueva York. Hablaban distintos idiomas, creían distingas creencias, y practicaban distintas costumbres. Dado la deficiencia crónica de demanda en el mercado de trabajo (Keynes 1936, Richards y Andersson 2022), solían tener distintos intereses económicos. La típica actitud “nosotros contra ellos” produjo caos y violencia en el país, incluso en las ciudades de New York y Chicago donde Dewey ejercía cátedras de filosofía de la educación.

La influencia de la filosofía de Dewey fue enorme. Resultó en currículos escritos para enseñar valores humanos universales y democráticos. Con razón el joven sacerdote chileno, padre Alberto Hurtado, eligió escribir una tesis doctoral en Lovaina, dedicado a demostrar la compatibilidad de la filosofía de educación de Dewey con la fe cristiana católica.

Mi madre fue una entusiasmada lectora del libro Democracia y Educación (1916) de Dewey. Ella era profesora de tercera preparatoria. Enseñaba a sus alumnos, quienes eran principalmente blancos, la apreciación de los valores humanos manifestados en las culturas precolombinas más comunes en nuestra zona –Hopi, Zuni y Navajo.

Anticipando al grueso de los hallazgos de la psicología actual (ej. Sherif 1961) Dewey consideraba que la tendencia natural de los humanos es lealtad hacia el grupo propio y hostilidad hacia otros grupos. Es una tendencia biológica/psicológica cableada por la competencia por escasos recursos entre un grupo y otro.

Ahora en la época del ADN podemos decir que la ayuda mutua fraterna tiende a ser normal al interior de grupos humanos quienes se identifican como miembros de la misma etnia, o raza, o cultura o religión o nación. Pero, el ADN humano está programado de tal manera que la hostilidad y no la fraternidad entre “nosotros” y “ellos” es lo más probable. Si nos basamos sólo en el actuar del ADN, sin cultura y educación, el racismo es más probable que la fraternidad.

En la terminología de Dewey, la palabra “moral” se refiere a las costumbres que uno debe obedecer para ser bien visto y no castigado en su grupo. La palabra “ética” se refiere a valores humanos racionales y universales. La ética de los DDHH tiene que ser enseñada. (Dewey y Tufts, 1908)

Lamentablemente en los EE. UU. en la época de McCarthy a mediados del siglo veinte, la filosofía de Dewey fue duramente atacada y perseguida. Fue denunciada por antiamericana. La educación tomó otros rumbos, y hasta el día de hoy Dewey no ha recuperado la influencia que antes tenía. Pero no por su eclipse político deja de merecer atención su pensamiento.

Aplicado a la construcción social del nuevo Chile y del nuevo mundo, nadie va a aprender el concepto de solidaridad universal si nadie lo enseña. La ética puede ser pensada a la vez como valores humanos universales y como respeto por las distintas culturas y códigos morales de las distintas ramas de la familia humana. (Richards 2019) Las más de las veces las doctrinas éticas con mayor influencia enseñan la solidaridad, sea su fuente el humanismo cristiano (Ver Romanos 10: 14-15) u otra religión, o sea su fuente un humanismo filosófico. En cualquier caso, la norma ética y solidaria no va a ser aprendida si nadie la enseña. E

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  1. La Economía Solidaria sin Solidaridad

Dedico estos últimos acápites a razones por no usar la frase economía solidaria, o en su defecto, seguir usándola, pero acompañándola con otras frases aptas para comunicar la profundidad de los problemas que sin solidaridad no tienen remedios. Me dedicaré a “razones negativas.”

La primera razón negativa es que hay partes del mundo en donde los abusos y atrocidades cometidos pretextando solidaridad han envenenado la palabra hasta tal punto que simplemente pronunciar aquella voz es escalofriante. La gente no la quiere oír más.

Siempre hay otros contextos, por ejemplo, las obras identificadas con Caritas España difundidas por su portal de economía solidaria, en las cuales la vieja magia de aquella frase se mantiene.

A un nivel aún más preocupante, a menudo la frase “economía solidaria” ya no se refiere a “solidaridad.” Dicho de otra manera, “solidaridad” ha perdido el sentido que tuvo cuando Juan Pablo II ante la CEPAL enriqueció la tradición de la DSI empleando una palabra con una historia socialista para nombrar lo que siempre había sido la ética cristiana. Dirigió aquella palabra a todo el mundo, sea o no de la clase trabajadora: “Mi llamado, pues, toma la forma de un imperativo moral: ¡Sed solidarios por encima de todo! Cualquiera que sea vuestra función en el tejido de la vida económico-social, ¡construid en la región una economía de la solidaridad!”

Los pueblos originarios, cuando se sumaron a la ESS, tampoco cambiaron el significado de la palabra. Se sintieron interpretados. Ya eran solidarios avant la lettre. Según Paul Singer, los primeros quienes practicaron la economía solidaria en Brasil eran los indígenas; los segundos el pastoral social del estado de Rio Grande do Sul, y los terceros sectores de la clase obrera.

Hoy en día lamentablemente a menudo el concepto de economía solidaria se encuentra reducido a la formación de emprendimientos cuyos dueños sean sus trabajadores, y a veces a menos de esto. Un botón de muestra se puede tomar de la experiencia de Caritas Brasil documentada en un informe que constata que para cumplir con exigencias de donantes de fondos y del gobierno, hasta Caritas ha sido obligado a cumplir con normas típicas del neoliberalismo. (Caritas Brasilera 2004). Caritas así se encuentra presionada a volver al punto de partida anterior a la iluminación identificada con Pablo VI: los gobiernos y las organizaciones benéficas con fondos contratan a personal para enseñar a los pobres cómo administrar un negocio. Los negocios de los pobres compiten en el mercado como todos los demás, aunque sean socios de una cooperativa laboral y no empleados de un patrón. Algunos triunfan. Algunos fallan. Dado que nunca hay suficientes compradores, nunca llega el momento en que todos ganan. Aun si todos los beneficiarios formados por Caritas ganan, esto no implica que hay menos pobres. Puede ser que por su formación superior ganaron en desmedro de otros quienes habrían ganado en la ausencia de los nuevos competidores formados por Caritas. El criterio para medir el desempeño de las organizaciones benéficas es si enseñan las habilidades comerciales bien y llevan una correcta contabilidad, Esto a pesar de que siguen usando el rubro economía solidaria.

Otro botón de muestra es una experiencia piloto de cumplir con el fomento de la economía solidaria prometido en el acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas de la Revolución Colombiana (FARC). (Gómez, Rodríguez y Rojas, 2021) Fue realizado en San Antero, un pueblo al extremo norte del país al borde del Caribe de casi 35.000 personas. Entre ellos, un 66% fueron calificados según datos del gobierno como personas con necesidades básicas insatisfechas, y por lo tanto elegibles para recibir apoyo del Estado. Los “beneficiarios” del plan piloto eran personal de aquellas organizaciones. Según su visión de la economía solidaria: “La autogestión es el fundamento de esta perspectiva de integración…” (p.98) “El concepto de economía solidaria está constituido por experiencias que tienen como base la horizontalidad entre sus integrantes basados en principios de solidaridad y apoyo mutuo.” (p. 98) La intervención estatal apoya la autogestión para la generación de ingresos impartiendo conocimientos básicos de gestión, contabilidad, y tributación. (p. 100) En 2017 apoyaron a 15 organizaciones en San Antero, en 2018 16, en 2019 8 y 2020 5. (p. 106)

No se puede decir que lo informado sobre el plan piloto ensayando intervenciones para cumplir con el acuerdo de paz no fue economía solidaria. Claro que en el sentido primitivo de la frase “economia solidaria” no lo fue. Pero con el correr del tiempo su sentido ha cambiado. Ahora abunda la economia solidaria sin solidaridad.

El plan piloto para cumplir con el acuerdo de paz fue hecho para cumplir con un compromiso de paz designando economía solidaria como condición vinculante del acuerdo. Fue realizado por personal de una agencia pública encargada de promover la economía solidaria. El plan piloto de economía solidaria en San Antero fue documentado en una revista académica especializada indexada, llamada Otra Economía. Citaba en su bibliografía una amplia literatura, que se definía como publicaciones sobre economía solidaria escritos por especialistas en aquella materia. Algunos de ellos son diplomados o titulados en economía solidaria por universidades acreditadas. Algunos ocupan cargos públicos o académicos identificados con la economía solidaria.

No se puede decir que todos ellos se equivoquen y lo que ellos llaman economía solidaria no lo es. Al contrario, el uso de una palabra normalmente aceptada en un medio determina su significado en aquel medio.

Por otra parte, es atendible la tesis que hoy en día el binomio economía solidaria (en el supuesto que el caso de San Antero es típico de muchos otros casos en muchos países) ya no se refiere a aquella solidaridad capaz de superar la crisis civilizatoria identificada con las limitaciones estructurales del binomio Mercado-Estado.

Mientras tanto, la élite económica de Colombia, aunque estén ausentes de las calles de San Antero, pueden aseverar que cumplen con la llamada moral “¡construid en la región una economía de la solidaridad!” Datos recientes muestran que han formado 101 fundaciones contando con recursos totales mayores que 2,5 mil millones de dólares, dedicadas principalmente a la ayuda y promoción de los pobres del país. (Johnson, sin fecha) Pero aquí hay un problema, no solamente en Colombia sino en la comunidad global dedicada a la filantropía. Por ejemplo: La educación es la máxima prioridad para las fundaciones filantrópicas de todo el mundo. La educación se considera la clave de las oportunidades individuales y el motor de la prosperidad económica nacional. (Johnson, p.22) En fin, el mismo sentido común que domina en general, también domina en el mundo de la filantropía. Los filántropos también, como los promotores de la economía solidaria en San Antero, suponen que la pobreza va a terminar cuando todos seamos trabajadores con empleo o emprendedores con un negocio rentable. Suponen que con un apoyo inicial para comenzar a trabajar o emprender, luego por el valor mercantil de nuestro trabajo, algún patrón va a calcular que sería rentable contratarnos. Suponen, en su defecto, que, por nuestra educación subsidiada, luego vamos a poder ganarnos la vida por ser emprendedores exitosos, quizás en el sector “economía solidaria” definida por ser autogestionaria. El déficit crónico de demanda efectiva (Keynes 1936, Richards y Andersson 2022) no se toma en cuenta. Aun los donantes con buena voluntad, no han comprendido (o han rechazado) el principio teológico, filosófico y feminista de un flujo permanente desde los excedentes donde haya excedentes, hacia la atención permanente a las necesidades humanas en armonía con la naturaleza. En el lenguaje de los obispos chilenos antes citados, no captan la idea de “familia.”

¿Qué podemos hacer cuando la frase “economía solidaria” no funciona para ajustar la cultura humana a las realidades de las necesidades humanas? Se subentiende que en los contextos donde la voz “solidaridad” conserva sus fuerzas constructivas e iluminadoras hay que seguir usándola y destacándola.

Sugiero que sería un error psicológico denunciar a personas dedicadas a promover la solidaridad según sus luces por mala fe, aun cuando hacen economía solidaria sin solidaridad. Sería mejor resignificar sus logros como pequeñas victorias, preparando el camino para los cambios fundamentales necesarios. (Lindner 2006)

Para pavimentar el camino a la nueva civilización, a pesar de existir una importante merma del poder transformador del concepto de economía solidaria, sugiero profundizar el estudio de la historia y la antropología. Sugiero difundir noticias de las obras concretas que demuestran alternativas conceptuales.

La historia nos enseña que promulgó John Locke (1632-1704), entre otros intelectuales de la temprana modernidad, tanto la idea que la idea que la finalidad del estado es defender la propiedad privada como la idea que la propiedad de un trabajador consistía en lo que el produjera. Siendo su producción su propiedad, tiene derecho a lo que gana por vender su trabajo o el producto de su trabajo, pero no a lo que necesita. Este segundo principio de Locke fue el punto de partida de la teoría de sueldos de Adam Smith (Smith 1776, 70) y de una tradición de economía política, y de estado de derecho, ambos liberales, dominantes hasta hoy.

Abundan las obras concretas que ilustran alternativas practicas a los principios liberales en el antes referido portal de economía solidaria de Caritas España y en otras fuentes.

Un ejemplo concreto es una tropa de baile y danza para gente con talento, pero antes sin trabajo, en el barrio pobre de Johannesburgo que se llama Alex. Son pagados los artistas por desarrollar sus talentos. Su trabajo requiere esfuerzo y disciplina. Realizan espectáculos en las escuelas primarias y secundarias del barrio. Las fuentes de su pago en este caso son donaciones de dinero público y privado; una iglesia dona el local para los ensayos. Fluyen recursos desde donde hay excedentes hacia donde hay necesidad de empleo digno y útil. (Es típico de la economía solidaria el financiamiento híbrido, donaciones de dinero, combinando con donaciones de tiempo, ventas de artesanía y otros productos, entradas a eventos, rifas, fondos públicos, donaciones de espacios y de peritaje y de mercadería, prestaciones de tierra para cultivar, etc. En el caso de los bailarines de Alex no cobran entradas a eventos por la extrema pobreza del barrio y de los alumnos de las escuelas.)

Una alternativa conceptual ilustrada es: mover los recursos desde donde no son necesarias, hasta donde son necesarias. Segunda alternativa conceptual ilustrada: pagar a la gente por obras con valor intrínseco, por desarrollar sus talentos, por defender la biosfera… no solamente por producir algo que se puede vender. Tercero: pagar por algo que exige esfuerzo y disciplina, y que da autoestima y dignidad.



  1. Término considerando tres conceptos complementarios a la solidaridad y en ciertos contextos sustitutos de la solidaridad. (Otro, los DDHH, considero en otros escritos.)

La ética de cuidado, ubicada al interior del amplio paraguas de los feminismos. tiene la ventaja de abrir una perspectiva histórica y geográfica mayor. El comienzo del patriarcado y el fin de la Mutterrecht o matrística, se suele ubicar en la época de la revolución agrícola y en diversas ubicaciones del planeta. (Gimbuta 1991) Se puede pensar en los imperios y, posteriormente, en el capitalismo como fases de la historia más general del patriarcado con sus temas de dominación y egoísmo. (Hartsock 1983) La idea de ética de cuidado como concepto hoy conocido en todo el mundo (Gilligan 1982; Alvarado Garcia 2004) proviene del campo académico de la psicología del desarrollo moral. No lleva ningún prejuicio contra los varones, puesto que empíricamente se verifica que tanto hombres como mujeres son capaces de practicar una ética de cuidado.

El realismo moral actual sufre de recuerdos de realismos morales del pasado que han declarado realistas casi todas las barbaridades que hoy luchamos para superar. En su forma actual nace del realismo crítico. Recupera el pragmatismo moral de John Dewey y les valeurs de la vie de Charles Canguilhem. Incorpora elementos del actual renacimiento de la ética aristotélica. (Sayer 2011 Elder-Vass 2016). Es realista en tres sentidos: Primero, parte de la moral que de hecho hay en un medio situado y fechado; Segundo, por eso es una ética de dignidad, valorando la identidad y cultura de cada quien, y tercero, coincidiendo con Maturana y Varela, es Darwinista. Las pautas morales de la cultura humana parten de la creatividad (poesis) humana y terminan adaptándose o no adaptándose a la realidad física –aquí se encuentra con la ética de cuidado por destacar movilizar recursos para atender necesidades humanas en armonía con la naturaleza.

El pluralismo económico. La pluralidad, o diversidad, de formas económicas podría ser entendido como expresión de la autoorganización de la sociedad. (González, 16) Expresan la activación de un imaginario de crear formas más fraternas, partiendo de donde estamos sin mediar un cambio global previo. La pluralidad como principio orientador de la transformación, más allá de la conocida sociedad mixta que combina empresas públicas y privadas, considera que las formas económicas históricamente han sido, todavía son, y deben ser innumerables. Aunque la realidad actual muestra una gran interdependencia, hasta global, igual hay espacio para valorar dinámicas endógenas en territorios locales. Se debe escapar de la cooptación estatal y a la vez intentar que haya políticas públicas proclives al fomento de la pluralidad.



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